Es indudable que la condición humana tiene la particularidad de no tener límites.
Todo te es lícito. Pero no todo te conviene, dice en las Sagradas Escrituras. Entonces quiere decir que algunas situaciones de mi vida, pueden estar actuando como tóxicos intervinientes de mi interioridad y no lo advierto.
Es más, es muy probable que no desconozca que he adquirido, formas, actitudes, hábitos, que sin advertirlo, también influye en mi interioridad y en consecuencia en mi personalidad. Esta influencia muchas veces transforma tanto la personalidad-que yo mismo me desconozco a veces-
Hoy día es muy difícil sujetar ese -descontrolado ser que tenemos dentro-, como consecuencia de nuestras impaciencias, ansiedades, inquietud, zozobra, por lo cual, facilmente perdemos el equilibrio, la sobriedad ante la circunstancia que se nos presenta.
Como resultante, y aún no queriéndolo, hacemos lo que no queremos.
Ciertamente, hay un estado equilibrante, un estado interior tranquilizante, que le llamamos PAZ INTERIOR.
El ser humano, que somos, adquiere distorciones en su interioridad, de dimensiones inimaginables. Cuando el desequilibrio golpea nuestro ser interior como una usina que nunca para, es prioritario reaccionar, porque desgasta nuestro ser, nos transforma en lo que no queremos y por sobre todo, perdemos lo más hermoso que tenemos, nuestra sensibilidad, nuestra emotividad, perceptividad, afectividad, y con ello la capacidad de ver -esta nuestro segmento de vida como algo realmente maravilloso y extraordinario-
"venid a mi los que estais cansados y trabajados, que yo os hare descanzar, dijo Jesús. (Dios y Jesús - no han pasado de moda, aunque intenten hacernos creer eso) No puede el ser interior - estar alejado de su Creador. Cuando muchos de nosotros vivimos atontados, una vida sin sentido, sin riquezas que la fundamenten, es porque dimos la espalda a lo más excepcional que nos dio la vida - Dios mismo.
Si hemos perdido esa capacidad de control interior, es porque hemos perdido el contacto con Dios.

